| Natalio Pescia será recordado por su alma de caudillo y su espíritu de lucha sin tregua. En los años 40 y 50, su menuda imagen en el campo de juego hacía rugir a las tribunas domino tras domingo gracias a su notable pericia en el sector defensivo.
La tan famosa y valorada garra boquense es una marca registrada que el club de la ribera ha sabido cosechar desde el génesis de su historia futbolística. Esta cualidad tan particular no se ha obtenido por mero azar, sino a través de la formación de una exigente escuela que ha contado con grandes maestros y tutores.
Uno de los más recordados es Natalio Pescia, un defensor con virtudes técnicas y, por sobre todas las cosas, con un corazón dispuesto a entregar sangre, sudor y lágrimas por el bien de la casaca aurizaul. No en vano su apodo era el "Leoncito".
Nació el primer día de 1922 en Buenos Aires y en su juventud hizo sus primeras armas en el fútbol defendiendo los colores del club amateur Viena, de Dock Sud. Un cazatalentos de Boca Juniors intuyó que aquel gladiador de pantalones cortos podría tener futuro en el club xeneize, así que le ofreció al novato Pescia una oportunidad de oro.
En 1936 debutó en la sexta de Boca y gracias a su constancia logró escalar posiciones en las divisiones inferiores. El tan esperado bautismo en primera se produjo el 30 de agosto de 1942, cuando Boca visitó a Chacarita Juniors en la vieja cancha de Villa Crespo. Si bien en las inferiores se había desempeñado en el centro del campo, desde su arribo a las ligas mayores Pescia se transformó en un importante baluarte de la defensa.
Casi desde su debut se ganó el cariño de la tribuna. La hinchada reconocía domingo tras domingo la entrega de este pequeño pero explosivo jugador (medía 1,68 y pesaba 68 kilos). En 1943 dio su primera vuelta olímpica con el club de sus amores, logro que se repitió un año más tarde. En aquellos equipos campeones, Pescia formó junto a Sosa y Lazzati una línea de fondo de pesadilla para los atacantes rivales, que pronto aprendieron a respetar a ese llamativo half izquierdo de calvicie prominente. Si bien su juego era duro, nunca fue considerado desleal: sólo fue expulsado en una oportunidad.
En 1954, tras diez años sin obtener el primer lugar, de la mano del caudillo Pescia, Boca se alzó con el campeonato y agregó una nueva estrella a su escudo. Para aquel entonces, el "Leoncito" era capitán del equipo y un símbolo de la garra xeneixe. Por supuesto que sus servicios también fueron requeridos por el seleccionado nacional, en donde disputó doce encuentros.
El 2 de diciembre de 1956 le dijo adiós a las canchas y colgó la casaca boquense, la del único club que defendió en su carrera profesional. Atrás habían quedado 346 partidos, siete goles y tres campeonatos. Natalio Pescia murió el 1º de noviembre de 1989 y, a modo de homenaje por tantos años de sacrificio, garra y corazón, la tribuna donde se ubica "La 12" lleva su nombre.
Fuente: www.museoboquense.com |